Este año, mientras armaba el altar de Día de Muertos en casa, me quedé viendo un manojo de cempasúchil. Ahí estaba lo de siempre: las fotos, el pan, la veladora, el vaso de agua para el cansancio del viaje y ese naranja intenso que se repite en todos los altares de México, de Tijuana a Mérida. Su nombre viene del náhuatl cempōhualxōchitl, “veinte flores”. Los mexicas ya la usaban para hablar con sus muertos, y cinco siglos después seguimos haciendo caminos con sus pétalos desde la puerta hasta el altar, para que encuentren la casa por el olor.

Y entonces me hice una pregunta muy simple: ¿de dónde viene esta flor? Vivo en Hermosillo, en pleno desierto. Aquí no hay campos naranjas en octubre. Alguien tuvo que sembrarla, cosecharla y traerla. Fui a buscar los datos.

1. El mapa de la flor

El Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) publica cada año cuánto se siembra de cada cultivo en cada municipio del país. Si buscas “cempasúchil” no vas a encontrar nada. En la base de datos aparece como Zempoalxochitl, casi como en náhuatl. Si alguna vez dudaste cómo se escribe, no estás solo: ni la estadística oficial se pone de acuerdo.

Entre 2021 y 2025, México sembró en promedio unas 2,227 hectáreas de cempasúchil al año, repartidas en 15 estados y 133 municipios. Es poquísimo para una flor tan presente. Para darte una idea, cabe en un cuadrado de menos de cinco kilómetros por lado. Y está muy concentrada.

Dos de cada tres hectáreas de cempasúchil del país están en Puebla. El resto se reparte entre Hidalgo, San Luis Potosí, el Estado de México, Tlaxcala, Oaxaca y Guerrero, cada uno con alrededor del 4 o 5 %. Y dentro de Puebla, casi todo está en el valle que rodea a Cholula y Atlixco: ese distrito siembra el 46 % de todo el cempasúchil de México.

¿Por qué ahí? La respuesta está en el calendario de la propia flor. El cempasúchil es sensible a la luz: florece cuando los días se acortan, al llegar el otoño. Se siembra entre junio y julio, cuando empiezan las lluvias, y tarda unos cuatro meses en abrir. Casi toda la superficie del país (99.8 %) se siembra en el ciclo primavera-verano, y en Puebla más de la mitad se riega solo con agua de lluvia. Los valles templados del centro le dan a la flor justo lo que necesita: un verano lluvioso y días que se acortan a tiempo. Es una planta que, literalmente, florece para el Día de Muertos.

Y hay otra razón: el centro del país es donde vive la mayor parte de la gente y donde la tradición del altar tiene más fuerza. Tiene sentido que la flor se siembre cerca de quien más la compra. Para el resto de México, hay que traerla.

2. Un viaje de 2,000 kilómetros

Entonces, ¿de qué tan lejos viene la flor que está en mi altar, aquí en Hermosillo?

Para responderlo tracé la ruta por carretera desde cada municipio que sembró cempasúchil en los últimos cinco años hasta Hermosillo, y le di más peso a los que siembran más.

El mapa parece un abanico que se cierra en el desierto. En promedio, el cempasúchil que se siembra en México está a 1,990 kilómetros por carretera de Hermosillo. Atlixco, el municipio que más siembra, queda a 2,026 kilómetros: unas 24 horas de camino sin parar. Solo el 0.24 % de la superficie nacional está a menos de 500 kilómetros de aquí.

Piensa en lo que significa. Una flor que, ya cortada, dura alrededor de una semana tiene que cosecharse en la última semana de octubre, subirse a un camión, cruzar medio país y llegar a un puesto afuera del panteón antes del 1 de noviembre. Detrás de cada manojo de tu altar hay una cadena de campesinos, transportistas y vendedores que trabaja contra el reloj, todos los años, para la misma noche. Es una logística enorme, y existe para recordar.

Pero mientras revisaba los datos me encontré con algo que no esperaba. Las 2,227 hectáreas de hoy no siempre fueron así.

3. Cuando México sembraba cuatro veces más

El SIAP tiene registros desde 1980. Al juntar los 46 años, la historia cambia por completo. Para verla, convertí cada década en una flor: entre más grande, más hectáreas se sembraron al año. Dentro de cada una, en magenta, está la parte que se sembraba en Sinaloa, Sonora y el Bajío.

En los ochenta y los noventa, México sembró en promedio unas 9,800 hectáreas de cempasúchil al año, más de cuatro veces lo que siembra hoy. El año récord fue 1985, con 17,577 hectáreas: ocho veces lo de ahora. Pero fíjate en el color. En los años ochenta, el 83 % de la flor no estaba en Puebla, sino en Sinaloa, Sonora y el Bajío. Sinaloa sola llegó a cosechar 181,000 toneladas en 1988, nueve veces lo que produce hoy todo el país. Luego, a principios de los 2000, la flor se encoge y el magenta desaparece casi de golpe.

¿Quién necesitaba tantas flores? No eran para los altares. Eran para las gallinas.

En los años sesenta, investigadores mexicanos descubrieron que la harina de pétalos de cempasúchil era la mejor fuente natural de pigmento amarillo para el alimento de las aves. El pigmento, casi todo luteína, hace que la yema del huevo salga más naranja y la piel del pollo más amarilla. No las hace más nutritivas. Un estudio de 1963 lo dijo sin rodeos: era “consecuencia de la demanda del público y no de requerimientos nutritivos”. Nos gusta la yema intensa y la industria se la dio. Entre 1960 y 1990, empresas mexicanas dominaron ese negocio. En el SIAP incluso existe un cultivo llamado “Zempoalxochitl forrajero”: cempasúchil para alimento animal.

El último registro de cempasúchil forrajero es de 2001. A finales de los noventa la producción se fue a China, Perú e India, buscando mano de obra más barata y variedades mejoradas en las que México dejó de invertir. Hoy, según el investigador José Luis Sánchez Millán, de la UNAM, México ya no produce pigmento industrial de cempasúchil: lo compra afuera. Su estimación es de unos 100 millones de gramos al año, 90 % de China.

Así que la flor no “se perdió”. Se dividió en dos. La flor del altar se quedó aquí y hasta ha crecido poco a poco. La flor de la industria se fue.

4. ¿Y Sonora?

Cuando busqué a Sonora en el mapa actual, apenas aparecía: 3.4 hectáreas al año, la última barra de la gráfica. Pero en la serie larga encontré algo que no sabía.

En 1982, Sonora cosechó 17,525 toneladas de cempasúchil, el 15 % de todo el país. Durante los ochenta, Sonora fue parte del cinturón del pigmento junto con Sinaloa. Mira la gráfica: las barras de esos años son enormes, y las de hoy casi no se ven. Entre 2018 y 2024, el SIAP registró de 17 a 100 toneladas al año. De 1982 a 2024, la cosecha sonorense se redujo 779 veces.

Lo poco que queda está en dos municipios vecinos: Ímuris y Magdalena. Si leíste mi artículo sobre la peregrinación a Magdalena de Kino, es el mismo corredor. La flor sonorense crece en los mismos pueblos por donde caminan los peregrinos cada octubre.

Detrás de esas cifras hay gente. En La Mesa, Ímuris, la familia Ruiz lleva más de medio siglo sembrando cempasúchil. Don Isidro Ruiz Peralta, que tenía 85 años en 2024, y sus hijos cosechan hasta 30 toneladas al año para Nogales, Benjamín Hill, Santa Ana y Magdalena. Ímuris está a 223 kilómetros de Hermosillo, menos de tres horas por carretera. Es la flor más cercana que tenemos.

Y hay un detalle que me dejó pensando. En el cierre de 2025, el SIAP no registra ni una hectárea de cempasúchil en Sonora. Puede ser un hueco del registro o un mal año, pero es la primera vez desde 2019 que el estado no aparece.

5. La flor que México le prestó al mundo

Para entender cómo una flor de nuestros altares terminó en granjas de China, hay que regresar al siglo XVI. Este mapa resume el viaje completo: la ida, en dorado, y el regreso, en magenta.

Los españoles llevaron el cempasúchil a Europa poco después de la Conquista. El primer registro europeo es de 1542: el botánico alemán Leonhart Fuchs la llamó “clavel de las Indias”. Otro botánico, Hieronymus Bock, creyó que la habían encontrado en África durante la conquista de Túnez de Carlos V, y el error se quedó para siempre en el nombre: en inglés todavía se le dice African marigold. Y aquí viene lo que más me gusta. Los nahuas la consideraban una flor de olor agradable y sagrado. A varios botánicos europeos les pareció que apestaba. Uno de ellos escribió que, si no oliera tan mal, superaría en belleza a todas las demás flores. El olor que para nosotros guía a los muertos de regreso a casa, para ellos era un defecto.

De Europa siguió su camino. Probablemente los portugueses la llevaron a la India, donde hoy se llama gendha y llena las guirnaldas de templos, bodas y fiestas como Dussehra. Si alguna vez viste una foto de un templo hindú cubierto de collares naranjas, eso es cempasúchil.

Hoy, China e India concentran cerca del 95 % de la producción industrial de la flor. Las burbujas del mapa lo muestran: según un cálculo de la UNAM de 2017, China tenía tres cuartas partes de la siembra industrial del mundo, India una quinta parte y Perú el resto. Una sola empresa china siembra 6,000 hectáreas, casi tres veces todo lo que siembra México. La flor que nació aquí la cultivan otros a una escala que nosotros ya no tenemos.

Y en los últimos años, la flor empezó a regresar de otra forma. Seguramente has visto el cempasúchil en maceta: plantas pequeñas, compactas, muy floreadas. ¿Cuántas son?

En la Ciudad de México pasaron de 664 mil plantas en 2018 a casi 10 millones en 2026: quince veces más en ocho años. Fíjate en la distancia entre los puntos magenta y la línea gris. En 2025, el gobierno de la capital reportó el doble de plantas que el SIAP registró para todo el país. La maceta creció más rápido que la estadística que debería contarla.

Se les dice “cempasúchil chino”, pero el nombre engaña: se siembran en México, en Xochimilco, Tláhuac o el Estado de México. Lo importado es la semilla. Según el Consejo Mexicano de la Flor, el 99 % de la semilla del cempasúchil en maceta se importa, sobre todo de Estados Unidos. Son híbridos: plantas mejoradas para ser chicas y dar muchas flores, más baratas que las criollas. Floristas y agrónomos dicen que suelen oler menos, y como son híbridos casi nadie guarda su semilla. Cada año hay que volver a comprarla.

La flor que México le prestó al mundo regresa en un sobre de semillas.

6. Lo que los datos no alcanzan a decir

Antes de cerrar, tres advertencias.

La primera: el SIAP registra dónde se siembra la flor, no a dónde se vende. Que casi todo el cempasúchil se siembre a 2,000 kilómetros de Hermosillo hace muy probable que la flor de un altar sonorense venga del centro del país, pero no lo prueba. Parte puede venir de Ímuris, de viveros que no aparecen en el registro o de otros estados.

La segunda: como viste en la gráfica de macetas, el SIAP se queda corto con las plantas en maceta, y las cifras del gobierno capitalino cuentan lo que producen los viveros de la ciudad con otro método. Las cifras de flor de corte son más confiables que las de maceta.

La tercera: las cifras de la industria global (el 95 % de China e India, los 100 millones de gramos de pigmento que importa México) no vienen de estadísticas oficiales, sino de investigadores citados en la prensa. Son estimaciones razonables, no mediciones.

Conclusión

Empecé con una pregunta pequeña: ¿de dónde viene la flor de mi altar? La respuesta resultó ser un viaje. Casi toda viene de un valle en Puebla, a unas 24 horas de aquí. Una parte, cada vez más pequeña, viene de Ímuris, donde una familia la siembra desde hace más de cincuenta años. Y la flor que sembramos para pintar yemas de huevo se fue a China, mientras la que sembramos para recordar se quedó.

Eso es lo que más me gusta de esta historia. La industria se fue porque era un negocio, y los negocios se mudan a donde es más barato. La tradición se quedó porque no es un negocio. Nadie siembra cempasúchil en Atlixco por la luteína: lo siembra porque millones de familias van a necesitar ese naranja la misma noche, todos los años, para lo mismo.

Este 2 de noviembre, cuando pongas el camino de pétalos frente a tu puerta, piensa que esa flor viajó para estar ahí. Igual que nuestros muertos, regresa a casa una vez al año.


Nota metodológica. La superficie, producción y valor del cempasúchil vienen del Cierre de la Producción Agrícola del SIAP (Agricultura): nivel estatal de 1980 a 2002 y municipal de 2003 a 2025, con el cultivo registrado como “Zempoalxochitl” en cuatro presentaciones (flor a granel en toneladas, forrajero, manojos y plantas en maceta). Como las unidades no se pueden sumar, las comparaciones entre estados y años usan la superficie sembrada. “Hoy” es el promedio 2021-2025. Las distancias son rutas por carretera calculadas con OSRM desde el centro de cada municipio (ubicado con OpenStreetMap) hasta Hermosillo, ponderadas por superficie sembrada; tienen un margen aproximado de ±20 km. La industria del pigmento, las cifras globales, la semilla importada y el caso de la familia Ruiz vienen de fuentes documentales (Forbes México, Ciencia UNAM, UNAM Global, Imagen Agropecuaria, Maya Comunicación, La Razón, Odeuropa y Tus Buenas Noticias), listadas con sus enlaces en el repositorio. El mapa del viaje por el mundo es ilustrativo: junta la ruta histórica que cuentan las fuentes, el reparto de la siembra industrial de 2017 y el origen de la semilla de maceta; sus puntos son referencias, no rutas comerciales medidas. La gráfica de flores usa promedios por década porque los años sueltos varían mucho (de 4,333 ha en 1983 a 17,577 en 1985). Los datos muestran dónde se siembra la flor, no las rutas comerciales reales: ninguna afirmación sobre el origen de una flor específica se desprende de ellos. Código, datos y notebooks: github.com/PancakesOS/Cempasuchil.